viernes, 10 de junio de 2011

CARTAS DE AMOR


Las cartas de amor, si hay amor,

tienen que ser

ridículas.

Pero, al fin y al cabo,

sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor

sí que son

ridículas.

“Todas las cartas de amor son ridículas”

Fernando Pessoa

En este mes de los corazones rojos, los globos metálicos, los osos de peluche, las flores y los bombones, he preferido asomarme por el ojo de la cerradura del mundo como un voyerista urgente; hurgar la parte exquisita, enorme y excitante del buzón ajeno y leer la correspondencia privada; penetrar en su magnífico arte escriturario y oler el íntimo perfume que guardan las cartas de amor.

Las pasiones humanas de la mano de la escritura hacen de un tema trillado y el lugar común una forma única e inigualable, a veces el hombre en su paso por el mundo teje y desteje los hilos que traman grandes historias. La pluma viril de Henry Miller fue capaz de recrear un epistolario de encuentros con Anaïs Nin, a quien le escribe “Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer”.

Instalada en el terreno de lo prohibido, me encuentro en lo profundo del deseo a Virginia Woolf zurciendo con hilo de tinta china en medio de las horas, las últimas líneas de una carta a su amante, la poeta Vita Nicholson, un cierre vehemente y una hermosa invitación: “Abre el primer botón de tu blusa y ahí me verás anidando, como una ardilla de hábitos inquisitivos pero de todos modos adorable”.

Al tiempo que en estos hilos de la urdimbre encontramos confesiones de amor, hallamos también su confección poética, “se necesita un poeta para expresar la delicadeza del amor” dijo alguno de los convidados del “Banquete” de Platón. La escritura es forma ligada al contenido; y los contenidos no son otra cosa que pasiones humanas a las que nadie resulta ajeno y ante las que todos somos vulnerables, la escritura se vuelve un testigo sobre el papel que, en casos como estos, fuera en su momento absolutamente íntima y privada, que se hiciera pública con la fama y el tiempo. De otra forma, sin la escritura, las pasiones se fijan en la memoria un momento, y así en algún momento se diluyen y no queda cuenta de nada jamás.

No sólo se ha escrito a los fervores ocultos, al amor prohibido en secreto; también se escribe lo prohibido y en secreto al amor a la vista de todo el mundo, como lo hizo Joyce a quien llamó “Mi Querido Amor”, “Mi coñito” o “Mi putita folladora”, a su esposa Nora Bernacle en sus cartas íntimas, que él mismo califica de lascivas y obscenas, y a las que yo añado con un gusto morboso que son perversas y excitantes; para muestra, basta citar un fragmento de carta escrita en Dublín un 22 de diciembre de 1909:

…dentro de este amor espiritual que siento por ti, hay también una bestia salvaje que explora cada parte secreta y vergonzosa de él, cada uno de sus actos y olores. Mi amor por ti me permite rogar al espíritu de la belleza eterna y a la ternura que se refleja en tus ojos o derribarte debajo de mí, sobre tus suaves senos, y tomarte por atrás, como un cerdo que monta a una puerca, glorificado en la sincera peste que asciende de tus nalgas, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. Esto me permite estallar en lágrimas de piedad y amor por ti a causa del sonido de algún acorde o cadencia musical o acostarme con la cabeza en los pies, rabo con rabo, sintiendo tus dedos acariciar y cosquillear mis testículos o sentirte frotar tu trasero contra mí y tus labios ardientes chupar mi pija mientras mi cabeza se abre paso entre tus rollizos muslos y mis manos atraen la acojinada curva de tus nalgas y mi lengua lame vorazmente tu sexo rojo y espeso… ¡Eres mía, querida, eres mía! Te amo. Todo lo que escribí arriba es sólo un momento o dos de brutal locura!… Nora, mi fiel querida, mi pícara colegiala de ojos dulces, sé mi puta, mi amante, todo lo que quieras (¡mi pequeña pajera amante! ¡mi putita folladora!) eres siempre mi hermosa flor silvestre de los setos, mi flor azul oscuro empapada por la lluvia”.

He ahí el ímpetu de un amor que cobra vida, que se vuelve latente con la lectura; sólo así es posible resurgir, acortar distancias, transformar la ausencia en presencia; resucitar a los muertos, sacarlos de sus tumbas, hacerlos hablar, desear y vivir de nuevo.

Vayamos ahora, del amor manifiesto de Joyce en Dublín, al amor secreto entre Pedro Salinas y Katherine Whitmore en Madrid. Después de recibir Salinas la primera carta de Katerine, un primero de agosto de 1932, el poeta le responde, que en su ausencia él vivirá en su carta, al tiempo que ella vivirá por siempre en su propia escritura:

¡Qué mentira eso de que el papel no pesa! Anoche el papel de tu carta me pesaba como la más hermosa y grave de las realidades. Lo sentía allí, en el bolsillo, como una prueba material de que eras, de que habías existido… Sólo el peso de tu carta en el bolsillo me servía de prenda, de prueba. Vivía yo en ese rectángulo de papel. Era el lugar más cierto del mundo… tu carta era el puente con la vida, él sí que me daba la vida… No importa que toda tu carta esté teñida de una sombra de melancolía, tierna y suave. Así debía ser, así. Pero por encima de esa melancolía, hay algo que me da un gozo sin límite…

Madrid, Londres, Dublín, siglo XIX, son sólo tres escalas en el tiempo, de muchas que podríamos hacer en cualquier momento y lugar, en busca del ímpetu amoroso con forma y destinatario.

El tiempo de la prisa es viaje de ida sin retorno, irrevocable. La vida cobra forma, se transforma, y sin embargo, las pasiones humanas son atemporales y universales, como la literatura, como las cartas de amor; y el amor, la pasión, la urgencia y la correspondencia siguen vigentes en nuestro siglo, aunque de esta última, la correspondencia, cambie el soporte, se vuelva casi inmediata y muchas veces impersonal; mejor, peor, más sencilla o complicada; nada impide cambiar, en algún momento en la vida, una nota telegráfica sobre cualquier soporte por escribir sin pudores una digna carta de amor.