martes, 31 de mayo de 2011

VOYEUR


Tu perversa curiosidad cruzó la ventana

y miraste con los ojos del placer mundano.

Renunciaste a una vida digna

y engendraste el nombre de un viejo hábito.

Pobre sastre vouyeurista solitario,

te has convertido en una ostra

remendando y descosiendo

los agujeros por donde espías

el recuerdo de su cuerpo

cabalgando en caballo blanco.

Ella desnudó su alma en muestra de humildad,

pero no entendiste su significado;

ganó la libertad con su desnudez,

y tú, en cambio,

obtuviste el perverso encierro

de un misántropo.

jueves, 19 de mayo de 2011

EL NOMBRE DE LAS FLORES


Qué hay más allá de un dulce amor a primera vista. Un segundo contacto con su aliento, y el murmullo esotérico que las condena a la buena suerte o la desdicha. La plena conquista de una flor está en su nombre, que revela el secreto de su más pura esencia: “esta es un Barco de Niña” y entonces, surcan los mares sus hojas finas.

Hay un ojo que recuerda formas, una nariz que se embriaga de aromas y una voz interna que susurra un nombre, y no hay gozo más exquisito que el que revelan los nombres de las flores.

Madreselva, Gardenia, Orquidea, Anturio, Aspidistra y Astromelia: parece la lista de invitadas a una boda real y fantástica; puedo verlas bailar con el viento luciendo los largos holanes de sus vestidos de colores. Los pétalos de aguja de una Pasionaria se abren en sol diurno y emerge la bailarina de su caja de música. Giran livianos los Pensamientos. Los lirios perfuman la pista con su olor nupcial, y la Orquídea da vueltas ancha y radiante. El salón se embriaga de la risa de muchachas, de la brisa de sus labios y de un torbellino de colores. El príncipe ha de elegir a alguna, pero no sabe sus nombres. Las mira girar y girar y comienza a marearse. Ha perdido la razón, pero tiene el corazón tibio y un leve recuerdo imprescindible para salvarse. Entonces susurra a un oído ajeno el nombre de su amante.

ORO ROJO



Rosa de azafrán,
lila de cuello purpúreo
y estigma en brotes;
pluma dorada, 
oro rojo de herencia árabe;
codiciada marroquí.
 Color de sedas indias,
aroma de sueños reales.
Eres árabe asfar de campo,
rosa de mañana
 y desbrín en noviembre.
Hebra por ración:
condimento y colorante,
protagonista en pan zueco
y doradas paellas.
Rosa de azafrán,
   Perfume sensual de Roma
Color en mortaja egipcia
   Aroma de festines delirantes.






jueves, 5 de mayo de 2011

SOLUTINA Y ALCOHOL


A La Parkita y Espectrito Jr.

In Loving Memory

Fue una noche salvaje. El público extasiado era un huracán de gritos, chiflidos y mentadas de madre. Los enmascarados cobraron su falsa venganza. Se apagaron las luces de colores. Se fueron las rubias, las morenas y las pelirrojas de farmacia. Por unas horas, en el corazón de la arena, los hombres dejaron de ser hombres para volverse guerreros, se olvidaron nombres y apellidos y ganaron bajo el anonimato minutos de gloria. Tras una máscara nadie sabe quién es quien y revelar la identidad de un guerrero es como cortarle a Sansón el pelo. El misterio le hizo la guerra al misterio. Terminó el enfrentamiento entre el bien y el mal. El corazón de la arena latió incesante. Se apagaron las estrellas y los foquitos blancos, rojos y dorados que iluminan la Coliseo. Sólo dos estrellas enanas salieron de la arena en llamas vibrando en un collage de emociones. El espectáculo duerme mientras la calle permanece despierta en medio de la noche al ritmo de minifaldas, humo y tacones . Las decisiones toman un instante y casi sin pensarse. Dos corazones arden en un hotel entre risas, cerveza y mujeres. Todo, a los ojos de los enmascarados, brilla con un lujo de Hotel Moderno de la calle Inca. La sangre viva empieza a ceder y su viaje por las venas cesa en un silencio de solutina y alcohol que apaga las flamitas del corazón de dos hombres.

MI VIDA INGOBERNABLE

Desde mi ventana puedo ver al marino errante empujar un viejo barco varado a la orilla del mar de la nada. Me río a la distancia de su noveno intento y un tibio silencio lleva mi risa en eco que viaja a sus oídos desiertos. El marino temerario me mira mirarlo, a lo lejos tan pequeño, desde arriba casi nada. Pero el hombre, sin reparos me ignora y traza la bordada, lejos, muy lejos, buscando aguas mansas. Pero mis ojos juiciosos, ciegos de soberbia y rabia intentar turbar sus aguas. Pobre marino, ufano, levanta la cabeza y me da la espalda, mira su brújula descompuesta y oxidada y sigue el camino de la perseverancia. ¿Qué hago yo desde el tercer piso viendo a un hombre solo tratando de escapar a mi mirada? Qué juego estúpido llevó mi risa a las finas paredes de su alma. Me doy cuenta que en esta casa no hay ventanas ni un solo balcón frente a la playa, que todo es un gran espejo y aquel marino es el reflejo que escapa de mí o de esa parte mía que ya no quiero.

He decidido huir con el marino errante, saltar por la ventana o, lo que es lo mismo, atravesar el espejo. Descubriremos nuevas playas, islas inexploradas, sirenas de cuentos de hadas, grandes ciudades, calles y libros viejos. Mi vida ingobernable será un barco que dirija el hombre detrás del espejo, que cree en lo que yo creo.

LA MUERTE DEL VIEJO DESCONOCIDO

Hacía varias semanas que no dormían bien, que despertaban con los ojos hinchados, la espalda molida y con ganas inmensas de dormir cuando los despertaba la luz del día. Se hablaban poco y poco tiempo pasaban juntos, cruzaban palabras vanas sobre la escarcha en el congelador, sobre la caducidad de la carne molida, o sobre las sospechas que levantaba la falda corta de su vecina. Algo andaba fuera de sitio. Se redujeron a un par de zombies extraviados en una casa amarilla con ganas de ser blanca, cuyas paredes hinchadas de humedad habían trazado un mapa de ciudades desconocidas y un ajuero oceánico que exploraban una hilera de hormigas.

Un olfato femenino y un hombre decidido bastaron para saber que algo estaba matando su humanidad y su espíritu. Un día cualquiera él la miró con ojos extraños. Siempre la veía con ojos extraños, que ella realmente era incapaz de comprender y eso la atormentaba, esa vez pudo leer en sus mirada un asunto determinante, nada más. Él presionó sobre el cenicero de cristal el cigarrillo encendido. Su cara se había tornado en el rostro de la venganza, dispuesto a recuperar el sueño y el tiempo perdido.

Hacían grandes esfuerzos por creer que todo estaba bien aunque, por dentro sabían que algo los absorbía, era como un almohadón de plumas bajo sus cabezas succionando sus pensamientos, algo como una ventana abierta que les robaba el aliento o el hoyo en la pared por donde se filtraba la humedad del tiempo. Esa noche, sin poder dormir pero tampoco hablar, tuvieron un momento revelador, una conexión extraña que hacía tiempo no tenían, que los incitó a levantarse y actuar. De su caja de herramientas sacó el martillo con el que se dispuso a atacar, ella no podía estar más feliz, lo sabía, siempre lo supo, debían cerrar a martillazos la boca del gran monstruo, las fauces que día tras día los devoraba sin reservas. Él quiso que ella se apartara, ella sabía que era algo que los dos debían hacer con determinación y sin remordimientos. No les llevó más de una hora. Era enorme, viejo, mudo y ciego. Lo destrozaron poco a poco, cuidando no alarmar las orejas los vecinos. Lo sacaron de la casa en una bolsa, en varias bolsas y lo dejaron en el patio como cualquier desperdicio. A partir de esa noche, tras la muerte del viejo desconocido, la cama fue más ancha, los sueños profundos y el cuarto menos sombrío.

miércoles, 4 de mayo de 2011

COBRARÁ FORMA DE FLOR

Por la mañanas, en la vida del convento surgen las experiencias místicas de la vida cotidiana. Ante la mirada de Las Madres un hálito celestial cobra forma en la espuma blanca del detergente en el lavadero, de la leche hirviente emerge un coro de ángeles con forma de esculturas de vapor. Las manos rosadas de la madre Pera son guiadas por un ser incorpóreo y supremo que le ayuda a moldear flores, corazones y crucesitas de galleta.
Por las mentes de las madres jamás cruza una digresion que entorpezca sus experiencias místicas, cada labor es realizada con maestría, y nada turba los rumbos de las pequeñas glorias que emergen de cualquier oficio. La pulcritud de los hábitos en el tendedero, a través de los ojos de mujer santa, refleja la imagen más limpia, más nítida y brillante que, por supuesto, va más allá de la promesa cumplida del mejor detergente: ahí está Dios, tan liviano y ocioso, manifestándose en todas partes. Guiando las labores de las Santas como un flujo luminoso juez y parte de la delicada tarea de remover en la cacerola el dulce de durazno durante una hora, de las finas puntadas que dan forma a las carpetas bordadas para los Santitos o del laborioso proceso de los chiles en vinagre.
Santa Rita, Santa Eufemia, Santa Bígida, Santa Pera, Santa Eufemia y Santa Martha saben que su paso por el mundo es un gran acto de amor y fe, que su vida sin mancha incluye pasaporte a la vida enterna donde canta incesante el gran coro celestial, ese que a veces se manifiesta en la leche hirviente, en el correr del agua de la fuente o en la voz del más puro silencio. Las santas del convento sueñan despiertas y de noche, con la ojera pegada a la almohada, escuchan una y otra vez, tantas veces, la voz de Teresa, la santa mística poeta: “vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero”.
Ningún guiño en ojo endemoniado, ni lengua de serpiente, ni una sola voz del bajo infierno, irrumpe el sueño del camino al cielo en donde cada quien y cada cosa tiene su lugar. Donde la vida verdadera, para una ferviente religiosa, reposa en el vergel celestial. Resurgirán en la vida eterna como exquisitas flores coloridas que germinan en una ancha nube y crecen contemplando eternamente la cegadora luz del sol.