
Tu perversa curiosidad cruzó la ventana
y miraste con los ojos del placer mundano.
Renunciaste a una vida digna
y engendraste el nombre de un viejo hábito.
Pobre sastre vouyeurista solitario,
te has convertido en una ostra
remendando y descosiendo
los agujeros por donde espías
el recuerdo de su cuerpo
cabalgando en caballo blanco.
Ella desnudó su alma en muestra de humildad,
pero no entendiste su significado;
ganó la libertad con su desnudez,
y tú, en cambio,
obtuviste el perverso encierro
de un misántropo.
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