Hacía varias semanas que no dormían bien, que despertaban con los ojos hinchados, la espalda molida y con ganas inmensas de dormir cuando los despertaba la luz del día. Se hablaban poco y poco tiempo pasaban juntos, cruzaban palabras vanas sobre la escarcha en el congelador, sobre la caducidad de la carne molida, o sobre las sospechas que levantaba la falda corta de su vecina. Algo andaba fuera de sitio. Se redujeron a un par de zombies extraviados en una casa amarilla con ganas de ser blanca, cuyas paredes hinchadas de humedad habían trazado un mapa de ciudades desconocidas y un ajuero oceánico que exploraban una hilera de hormigas.
Un olfato femenino y un hombre decidido bastaron para saber que algo estaba matando su humanidad y su espíritu. Un día cualquiera él la miró con ojos extraños. Siempre la veía con ojos extraños, que ella realmente era incapaz de comprender y eso la atormentaba, esa vez pudo leer en sus mirada un asunto determinante, nada más. Él presionó sobre el cenicero de cristal el cigarrillo encendido. Su cara se había tornado en el rostro de la venganza, dispuesto a recuperar el sueño y el tiempo perdido.
Hacían grandes esfuerzos por creer que todo estaba bien aunque, por dentro sabían que algo los absorbía, era como un almohadón de plumas bajo sus cabezas succionando sus pensamientos, algo como una ventana abierta que les robaba el aliento o el hoyo en la pared por donde se filtraba la humedad del tiempo. Esa noche, sin poder dormir pero tampoco hablar, tuvieron un momento revelador, una conexión extraña que hacía tiempo no tenían, que los incitó a levantarse y actuar. De su caja de herramientas sacó el martillo con el que se dispuso a atacar, ella no podía estar más feliz, lo sabía, siempre lo supo, debían cerrar a martillazos la boca del gran monstruo, las fauces que día tras día los devoraba sin reservas. Él quiso que ella se apartara, ella sabía que era algo que los dos debían hacer con determinación y sin remordimientos. No les llevó más de una hora. Era enorme, viejo, mudo y ciego. Lo destrozaron poco a poco, cuidando no alarmar las orejas los vecinos. Lo sacaron de la casa en una bolsa, en varias bolsas y lo dejaron en el patio como cualquier desperdicio. A partir de esa noche, tras la muerte del viejo desconocido, la cama fue más ancha, los sueños profundos y el cuarto menos sombrío.
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