
Qué hay más allá de un dulce amor a primera vista. Un segundo contacto con su aliento, y el murmullo esotérico que las condena a la buena suerte o la desdicha. La plena conquista de una flor está en su nombre, que revela el secreto de su más pura esencia: “esta es un Barco de Niña” y entonces, surcan los mares sus hojas finas.
Hay un ojo que recuerda formas, una nariz que se embriaga de aromas y una voz interna que susurra un nombre, y no hay gozo más exquisito que el que revelan los nombres de las flores.
Madreselva, Gardenia, Orquidea, Anturio, Aspidistra y Astromelia: parece la lista de invitadas a una boda real y fantástica; puedo verlas bailar con el viento luciendo los largos holanes de sus vestidos de colores. Los pétalos de aguja de una Pasionaria se abren en sol diurno y emerge la bailarina de su caja de música. Giran livianos los Pensamientos. Los lirios perfuman la pista con su olor nupcial, y la Orquídea da vueltas ancha y radiante. El salón se embriaga de la risa de muchachas, de la brisa de sus labios y de un torbellino de colores. El príncipe ha de elegir a alguna, pero no sabe sus nombres. Las mira girar y girar y comienza a marearse. Ha perdido la razón, pero tiene el corazón tibio y un leve recuerdo imprescindible para salvarse. Entonces susurra a un oído ajeno el nombre de su amante.
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