
Desde mi ventana puedo ver al marino errante empujar un viejo barco varado a la orilla del mar de la nada. Me río a la distancia de su noveno intento y un tibio silencio lleva mi risa en eco que viaja a sus oídos desiertos. El marino temerario me mira mirarlo, a lo lejos tan pequeño, desde arriba casi nada. Pero el hombre, sin reparos me ignora y traza la bordada, lejos, muy lejos, buscando aguas mansas. Pero mis ojos juiciosos, ciegos de soberbia y rabia intentar turbar sus aguas. Pobre marino, ufano, levanta la cabeza y me da la espalda, mira su brújula descompuesta y oxidada y sigue el camino de la perseverancia. ¿Qué hago yo desde el tercer piso viendo a un hombre solo tratando de escapar a mi mirada? Qué juego estúpido llevó mi risa a las finas paredes de su alma. Me doy cuenta que en esta casa no hay ventanas ni un solo balcón frente a la playa, que todo es un gran espejo y aquel marino es el reflejo que escapa de mí o de esa parte mía que ya no quiero.
He decidido huir con el marino errante, saltar por la ventana o, lo que es lo mismo, atravesar el espejo. Descubriremos nuevas playas, islas inexploradas, sirenas de cuentos de hadas, grandes ciudades, calles y libros viejos. Mi vida ingobernable será un barco que dirija el hombre detrás del espejo, que cree en lo que yo creo.
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