
Por la mañanas, en la vida del convento surgen las experiencias místicas de la vida cotidiana. Ante la mirada de Las Madres un hálito celestial cobra forma en la espuma blanca del detergente en el lavadero, de la leche hirviente emerge un coro de ángeles con forma de esculturas de vapor. Las manos rosadas de la madre Pera son guiadas por un ser incorpóreo y supremo que le ayuda a moldear flores, corazones y crucesitas de galleta.
Por las mentes de las madres jamás cruza una digresion que entorpezca sus experiencias místicas, cada labor es realizada con maestría, y nada turba los rumbos de las pequeñas glorias que emergen de cualquier oficio. La pulcritud de los hábitos en el tendedero, a través de los ojos de mujer santa, refleja la imagen más limpia, más nítida y brillante que, por supuesto, va más allá de la promesa cumplida del mejor detergente: ahí está Dios, tan liviano y ocioso, manifestándose en todas partes. Guiando las labores de las Santas como un flujo luminoso juez y parte de la delicada tarea de remover en la cacerola el dulce de durazno durante una hora, de las finas puntadas que dan forma a las carpetas bordadas para los Santitos o del laborioso proceso de los chiles en vinagre.Santa Rita, Santa Eufemia, Santa Bígida, Santa Pera, Santa Eufemia y Santa Martha saben que su paso por el mundo es un gran acto de amor y fe, que su vida sin mancha incluye pasaporte a la vida enterna donde canta incesante el gran coro celestial, ese que a veces se manifiesta en la leche hirviente, en el correr del agua de la fuente o en la voz del más puro silencio. Las santas del convento sueñan despiertas y de noche, con la ojera pegada a la almohada, escuchan una y otra vez, tantas veces, la voz de Teresa, la santa mística poeta: “vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero”.
Ningún guiño en ojo endemoniado, ni lengua de serpiente, ni una sola voz del bajo infierno, irrumpe el sueño del camino al cielo en donde cada quien y cada cosa tiene su lugar. Donde la vida verdadera, para una ferviente religiosa, reposa en el vergel celestial. Resurgirán en la vida eterna como exquisitas flores coloridas que germinan en una ancha nube y crecen contemplando eternamente la cegadora luz del sol.
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